Inflación
Constantemente se está dando una transferencia de riqueza a escala masiva, sin que figure en ningún debate electoral con la prominencia que merece, ya que a nadie le conviene hablar de ello. No requiere legislación, no genera facturas, ni aparece en el extracto bancario, simplemente redistribuye patrimonio de forma sistemática, favoreciendo a unos agentes económicos sobre otros con una consistencia que ningún impuesto convencional podría igualar en su discreción.
Hablamos de la inflación y del concepto más evitado: la degradación monetaria.
La mayoría de personas entienden la inflación como un fenómeno de precios: las cosas cuestan más. Esta comprensión es correcta, pero ligeramente incompleta. La inflación no es solo un problema de poder adquisitivo, también es un mecanismo de redistribución que opera silenciosamente sobre la estructura de la riqueza, y entender quién gana y quién pierde en este proceso es una de las lecturas más útiles que puede hacer cualquier persona que tome decisiones financieras.
Lo único que pretendemos con este artículo es construir un marco para entender cómo funciona este mecanismo, qué implica para distintas posiciones patrimoniales, y qué principios pueden guiar las decisiones de quien quiere proteger lo que ha construido.
Lo que la inflación realmente es, antes de lo que hace.
La definición convencional de inflación (aumento sostenido y generalizado de los precios de los bienes y servicios en una economía durante un período determinado) no describe el mecanismo exactamente, para poder entender las implicaciones redistributivas hace falta ir un paso más atrás.
En su forma más elemental, la inflación refleja una relación entre la cantidad de dinero en circulación y la cantidad de bienes y servicios disponibles para comprarse con ese dinero. Cuando la primera crece más rápido que la segunda, cada unidad monetaria representa una fracción menor del total de riqueza real, es decir, el dinero se diluye.
Veamos esto con un ejemplo: Imagine una botella llena de vino, en un primer momento en su totalidad es vino de gran valor, pero conforme transcurre el tiempo, una parte de ese vino es cambiada por agua. El contenido ocupa el mismo volumen pero contiene menos de lo que valía. El recipiente permanece igual. El contenido ha menguado.
Aquí vamos a introducir el primer punto interesante: La dilución no afecta por igual a todos los agentes económicos, porque no todos tienen sus activos almacenados en el mismo recipiente. Algunos tienen su riqueza en efectivo o en instrumentos nominales (explicación más adelante), estos ven el contenido de su recipiente directamente reducido. Otros tienen su riqueza en activos reales (explicación más adelante), un recipiente cuyo valor nominal se ajusta, en distintos grados y con distintos retrasos, al nuevo nivel de precios.
Esta distinción entre activos nominales y activos reales es clave en cualquier análisis sobre la inflación y el patrimonio, aunque es el menos comprendido por el inversor particular.
La historia no contada: inflación como mecanismo redistributivo
Para apreciar la dimensión redistributiva de la inflación conviene observar cómo opera este mecanismo entre grandes categorías de agentes.
De ahorradores a deudores
La inflación transfiere riqueza de los acreedores a los deudores. Esto no es una opinión ni una interpretación política es meramente una consecuencia aritmética directa.
Cuando alguien pide prestado cien mil euros a tipo fijo y la inflación erosiona el valor real de ese dinero durante los años siguientes, devuelve nominalmente lo mismo que recibió, pero en términos de poder adquisitivo real devuelve menos. La deuda se ha abaratado en términos reales. El acreedor ha sufrido una transferencia implícita hacia el deudor.
Si llevamos esta idea a escala macroeconómica, este mecanismo es extraordinariamente relevante porque el mayor deudor de cualquier economía moderna es el Estado. Los gobiernos que emiten deuda denominada en su propia moneda tienen un incentivo estructural (no tiene que hacerse real, pero siempre existe) para que la inflación se mantenga lo suficientemente alta como para erosionar gradualmente el valor real de sus obligaciones. Es lo que pasa cuando un agente puede influir sobre el valor de la unidad en la que están denominadas sus deudas.
Los ahorradores conservadores (quien guarda dinero en depósitos bancarios, deuda pública o en instrumentos de renta fija a largo plazo) son, en este caso, los acreedores implícitos del sistema. Prestan el dinero, y por tanto, son quienes sufren de forma sistemática la transferencia. Para ellos, la inflación es un robo de tiempo: el trabajo que realizaron en el pasado ahora compra menos vida en el futuro.
No queremos transmitir que esto sea bueno o malo, simplemente que se conciba la idea de cómo funciona.
Del trabajo al capital
Existe un segundo mecanismo redistributivo que opera en períodos inflacionarios y que es aún menos visible que el anterior:
- Los salarios son nominales. Por lo general los contratos laborales se negocian en términos monetarios y se revisan con una frecuencia que es, en la mayoría de los contextos, inferior a la frecuencia con que se mueven los precios. Esto lo que crea es que en períodos de inflación elevada, los salarios reales caen porque los aumentos nominales no siguen el ritmo de la inflación.
- Los activos productivos, en cambio, funcionan de otro modo. Una empresa que fabrica bienes, dependiendo de su posición competitiva y sector, puede trasladar los aumentos de costes a sus precios de venta. Con ello sus beneficios nominales se ajustan, y el valor de los activos que la empresa posee tiende a apreciarse nominalmente.
El resultado es una transferencia desde quienes reciben rentas del trabajo hacia quienes poseen activos productivos. Esta transferencia no es mecánica ni universal pero como tendencia estadística en períodos inflacionarios prolongados, está bien documentada históricamente.
Del pequeño ahorrador al propietario de activos
Este vector redistributivo es quizás el más relevante para usted, lector de este artículo.
La distribución de la riqueza en cualquier sociedad occidental no es homogénea. Los hogares de menor poder adquisitivo tienen, proporcionalmente, más de su patrimonio en efectivo y activos nominales que los hogares de un mayor poder adquisitivo, quienes tienen proporciones más elevadas en activos reales.
Cuando la inflación opera, los activos nominales pierden valor real. Los activos reales, con distintos matices y velocidades, tienden a preservarlo o incluso, a veces, incrementarlo en términos nominales. El resultado estadístico es una ampliación de la brecha patrimonial: los que ya tenían más (y lo tenían en activos reales) salen relativamente favorecidos. Los que tenían menos (y lo tenían en efectivo o activos nominales) salen relativamente perjudicados.
Es la consecuencia emergente de quién tiene qué tipo de activos y de cómo responde cada activo a la erosión del valor nominal del dinero. Sus implicaciones distributivas son tan significativas que cualquier análisis honesto de la inflación debería tenerlo en cuenta.
Por qué la inflación es el “impuesto” más injusto que existe.
Un impuesto convencional tiene algunas propiedades que la inflación no tiene:
- Es visible. Quién lo paga sabe que lo paga.
- Es legislado. Requiere un proceso político que genera algún tipo de deliberación pública y de rendición de cuentas.
- Es formal. Existe un registro de quién paga cuánto. Puede auditarse, cuestionarse, modificarse.
La inflación no tiene ninguna de estas propiedades. Opera sin que nadie la haya aprobado explícitamente como mecanismo redistributivo. Afecta a cada agente de forma diferente según su posición patrimonial, fundamentalmente, quienes más la sufren son con frecuencia quienes menos herramientas tienen para protegerse de ella.
Nassim Taleb, ensayista, investigador y financiero, tiene una observación curiosa al respecto:
La clase media es estructuralmente la más vulnerada por la inflación porque es lo suficientemente rica para tener ahorros significativos (puede sufrir su erosión), pero no lo suficientemente rica para tener la diversificación patrimonial en activos reales que protege a los patrimonios grandes. Es el rango de riqueza donde el daño es mayor en términos relativos a la capacidad de absorberlo.
Un elemento adicional injusto de la inflación como mecanismo redistributivo es que la inflación acumulada no es reversible. Si durante diez años los precios suben un cinco por ciento anual, el poder adquisitivo real del dinero se ha reducido a aproximadamente el sesenta y un por ciento de su valor inicial. Esa erosión no se recupera cuando la inflación baja, los precios permanecen elevados.
El inversor particular y los activos nominales: la trampa de la seguridad aparente
La confusión entre seguridad nominal y seguridad real es uno de los errores más costosos y más comunes en la gestión del patrimonio personal, pero también es un error que el sistema financiero tiene pocos incentivos para corregir, porque los productos nominales: depósitos, seguros de ahorro tradicionales, fondos monetarios… Son precisamente los más simples de vender, los que generan menos preguntas incómodas y los que resultan más tranquilizadores en el corto plazo.
Esta es la trampa de la seguridad aparente: Ver que el saldo de su cuenta bancaria no disminuye le da una falsa sensación de seguridad. Los activos que parecen más seguros desde una perspectiva de volatilidad nominal son, en entornos inflacionarios, los más vulnerables a la erosión real.El inversor que los elige creyendo que protege su patrimonio puede estar, en cambio, garantizando su deterioro gradual.
Por ejemplo: Un depósito bancario es seguro en términos nominales; el número en la pantalla no varía. Pero si la inflación es del tres por ciento anual durante diez años, ese depósito habrá perdido aproximadamente un veintiséis por ciento de su poder adquisitivo real. No ha habido ningún riesgo de mercado, ninguna volatilidad visible, ningún momento de alarma. Sin embargo, una cuarta parte del valor real ha desaparecido silenciosamente.
La ilusión monetaria y por qué el cerebro nos engaña
Hay un obstáculo psicológico adicional que hace especialmente difícil protegerse de la inflación, y que merece atención específica. Los economistas lo llaman ilusión monetaria:
Es un sesgo cognitivo que consiste en pensar en términos nominales cuando debería pensarse en términos reales. Por ejemplo: Cuando el saldo de una cuenta crece de cien mil a ciento cinco mil euros, el cerebro registra una ganancia. Si la inflación fue del tres por ciento durante ese período, el poder adquisitivo real del saldo ha crecido apenas un dos por ciento, aproximadamente. El cerebro, sin embargo, no experimenta esa realidad. Ve números más altos.
Un ejercicio útil para contrarrestar esta ilusión es habituarse a denominar el patrimonio en unidades de poder adquisitivo en lugar de unidades monetarias:
No decir: «tengo trescientos mil euros» sino «tengo el equivalente a X años de mis gastos actuales».
Esta denominación hace visible la erosión de forma inmediata, porque cuando los precios suben y los gastos anuales aumentan, los años de gastos que representa el patrimonio disminuyen aunque el número de euros permanezca constante.
Es solo un pequeño cambio de perspectiva, que aplicado con consistencia, es exactamente el tipo de herramienta que separa al inversor que piensa en términos reales del que opera con ilusiones nominales.
Marcos prácticos para pensar en la protección patrimonial
Fieles a nuestra filosofía de pensamiento lento, ofrecemos cinco ideas que les pueden servir a la hora de pensar en la protección de su patrimonio.
El primer marco es la distinción sistemática entre activos nominales y activos reales
Antes de tomar cualquier decisión sobre asignación de patrimonio, vale la pena hacer una reflexión honesta de cuánto de ese patrimonio está en activos cuyo valor está denominado en términos monetarios fijos y cuánto está en activos cuyo valor puede ajustarse con el nivel general de precios. No hay una proporción reconocida como correcta (depende del horizonte temporal, de las necesidades de liquidez, de la tolerancia a la volatilidad…), pero conocer la exposición nominal es el punto de partida para cualquier análisis.
El segundo marco es la distinción entre inflación de largo plazo e inflación de corto plazo
La inflación de corto plazo es, en general, absorbible para quien tiene un horizonte temporal suficiente y activos reales diversificados. La preocupación se encuentra en la inflación sostenida durante períodos largos (cinco, diez, veinte años), que es donde el efecto compuesto del deterioro real se hace más visible. Un inversor con horizonte de veinte años debería preocuparse más por la media anual de inflación de las próximas dos décadas que por los picos de un año determinado.
El tercer marco es el coste de oportunidad de la liquidez excesiva
Mantener liquidez tiene sentido en algunos casos, ya que permite aprovechar oportunidades, cubre imprevistos, proporciona flexibilidad. Pensar en términos de coste de oportunidad real, es decir, cuánto poder adquisitivo pierde cada año el exceso de liquidez, ayuda a tomar decisiones más honestas sobre cuánta liquidez es razonable mantener.
El cuarto marco es el escepticismo hacia los productos que prometen seguridad nominal como equivalente a seguridad real
Los seguros de ahorro con rentabilidad garantizada, los depósitos a largo plazo sin indexación, los fondos monetarios con rendimientos inferiores a la inflación esperada y otros similares son vendidos habitualmente como instrumentos de protección. Y lo son, en el sentido nominal. En el sentido real, que es lo único que importa a quien quiere preservar su capacidad adquisitiva, puede ser exactamente lo contrario. Cualquier producto financiero debería evaluarse en términos de rentabilidad real esperada, no nominal.
El quinto marco es el reconocimiento de que no existe protección perfecta
El objetivo no es encontrar el activo perfecto contra la inflación, porque no existe. El objetivo es construir una posición patrimonial lo suficientemente diversificada como para que la erosión inflacionaria no concentre su impacto en una única clase de activo.
Hay que tener muy presente que los activos reales no son inmunes a la inflación en todos los entornos. Incluso en periodos de subidas de tipos para frenar la inflación, los activos reales también pueden sufrir mucho valor nominal.
Los inmuebles pueden estancarse nominalmente si la economía se deteriora y dependen de otros factores legales o de ubicación. Las acciones pueden caer incluso cuando los precios suben, si los márgenes empresariales se comprimen. El oro y las materias primas tienen alta volatilidad
La capacidad de generar valor de forma independiente es el único activo que no se puede devaluar.
El criterio como refugio.
La inflación es el mecanismo redistributivo más eficaz que existe precisamente porque es el menos visible. Si el Estado anunciara que va a gravar con un impuesto anual del tres por ciento todos los saldos en depósitos bancarios, la reacción sería inmediata e intensa. El equivalente real de ese impuesto ocurre sin que se genere ninguna resistencia comparable, porque la mayoría de las personas no lo perciben.
Entender este mecanismo genera claridad. La claridad de quién sabe qué está ocurriendo con su patrimonio y puede tomar decisiones informadas, en lugar de la confusión de quien ve que los precios suben y el saldo nominalmente se mantiene sin entender por qué cada año tiene un poco menos de lo que tuvo el anterior.
El dinero que no se piensa se erosiona. Para el inversor de largo plazo, el desafío es asegurar que su estructura de capital sea lo suficientemente resiliente para que el «impuesto invisible» no erosione el esfuerzo de toda una vida.
Pueden ver que la inflación es, en realidad, algo bastante más profundo que un problema de precios.