La anatomía de una decisión.
Hay una confusión que destruye más patrimonio que cualquier crisis de mercado, y lo hace de forma silenciosa, sin aparecer en ningún extracto bancario. Se trata de la confusión entre quality of decision frente a quality of outcome (calidad de una decisión contra calidad del resultado). Para el inversor reflexivo, la distinción entre el proceso y el resultado es la frontera que separa al profesional del apostador.
Veamos un ejemplo concreto: Usted analiza una empresa durante semanas; examina sus fundamentales, evalúa su posición competitiva, estima un rango razonable de valoración… Concluye con que existe una alta probabilidad de que el mercado esté infravalorando el valor y decide invertir. Seis meses después, una nueva regulación de la que no se tenía constancia golpea al sector. El precio cae. Usted pierde dinero.
¿Tomó una mala decisión?
La respuesta intuitiva es sí, porque perdió dinero. La respuesta correcta es: no necesariamente. La diferencia entre ambas respuestas determina si ese inversor aprende algo útil de la experiencia o si, por el contrario, aprende algo perjudicial.
El problema del resultado como árbitro
Annie Duke (escritora y ex jugadora de póker profesional), implementó el término resulting para describir este sesgo: La tendencia a evaluar la calidad de una decisión en función del resultado que produce.
En entornos donde la relación entre decisión y resultado es directa y repetible (fabricar un producto, ejecutar un proceso…) El resultado es una buena señal de la calidad del proceso. En cambio, dentro de entornos probabilísticos, donde los resultados dependen de variables que escapan al control del decisor, el resultado de un hecho concreto es una señal débil y a menudo engañosa.
Por su definición los mercados financieros son entornos del segundo tipo, donde una decisión correcta puede producir pérdidas y una incorrecta puede producir ganancias. Esto no es una anomalía que desaparece con más análisis: es la naturaleza estructural del sistema. Por ejemplo:
- Decisión excelente con mal resultado: Analizar una compañía con rigor, comprar con un margen de seguridad amplio y ver cómo la posición cae debido a un evento de «cisne negro».
- Decisión mediocre con buen resultado: Comprar una criptomoneda sin fundamentos, impulsado por una recomendación en redes sociales, y obtener un retorno del 40% en un mes. El mercado ha premiado su imprudencia, lo cual es el veneno más sutil: le ha enseñado que el riesgo no existe.
Las dos formas de aprender mal
El resulting produce dos tipos de error de aprendizaje:
- El primero. Abandonar un proceso correcto porque produjo un resultado negativo. El inversor del ejemplo anterior, si interpreta su pérdida como resultado de un análisis defectuoso, puede concluir que su metodología no funciona y cambiarla. Pero si el análisis era sólido y la pérdida se debió a un evento impredecible, habrá abandonado un proceso válido precisamente en el momento en que necesitaba más confianza en él.
- El segundo. Mantener un proceso defectuoso porque produjo un resultado positivo. Quien compra un activo por razones débiles, o compra por comprar, y gana dinero, está aprendiendo, incorrectamente, que sus razones eran buenas. Esta forma de aprendizaje es más peligrosa que la primera porque construye confianza sin fundamento. Precisamente por esto los mercados alcistas prolongados son peligrosos.
Cómo evaluar una decisión sin que el resultado distorsione el análisis
Desde THEZIS defendemos separar el análisis de la decisión del análisis del resultado, y hacerlo antes de conocer este último. Operamos bajo una matriz sencilla: asegurar que nuestros procesos pertenezcan siempre al cuadrante de la calidad de decisión.
«Un buen proceso no garantiza un buen resultado en cada operación individual, pero garantiza la supervivencia y la prosperidad en una serie de mil operaciones.»
La riqueza real no se construye acertando una apuesta; se construye teniendo las probabilidades a su favor. Cuando usted pierde dinero habiendo seguido un proceso sólido, no ha perdido; ha pagado una prima de seguro contra la aleatoriedad del mercado. El error real ocurre cuando el resultado es negativo y no hay un rastro de papel que explique el porqué.
Una forma práctica de implementar esto es usando la herramienta más potente de nuestra biblioteca privada como inversor particular: Bitácora de decisiones
Antes de comprometer su capital, documente:
- La Tesis: Por qué cree que este activo tiene valor.
- El Riesgo: Qué tendría que pasar para que usted estuviera equivocado.
- El Horizonte: Cuánto tiempo está dispuesto a esperar a que el mercado le dé la razón.
Cuando llegue el resultado, usted podrá volver a sus notas, y hacerse la pregunta: «¿Qué parte del razonamiento era sólida y qué parte era débil?»
Esto obliga a distinguir entre dos tipos de error:
- El error de proceso, que refleja un fallo en el análisis y debe corregirse
- El error de resultado, que refleja la realización de un riesgo correctamente identificado y que simplemente forma parte del coste de operar en mercados inciertos.
Entender por qué se pierde es lo que permite, eventualmente, dejar de hacerlo de forma recurrente.
El valor de una pérdida bien entendida
Una pérdida bien entendida es aquella de la que se extrae una lección correcta sobre el proceso, no sobre el resultado. Es inversión en criterio. Por otro lado, una ganancia mal entendida es aquella que refuerza un proceso defectuoso. Es una deuda intelectual que tarde o temprano vence. El dinero se recupera; el tiempo perdido en un proceso defectuoso, no.
El inversor que aprende a separar ambas cosas construye algo más valioso que un historial de rentabilidades. Es capaz de construir un sistema de mejora continua que funciona independientemente de si los mercados le son favorables o no, porque lo que determina su patrimonio no es la suerte que tuvo en un trimestre específico, sino la calidad media de las miles de decisiones que tomó
No hay forma más cara de no aprender que ganar dinero por las razones equivocadas.

